Repetir sin querer lo que uno quiso evitar

white concrete building
white concrete building

Hay hombres que llegan a un punto de su vida con una sensación incómoda; estar viviendo dinámicas que, en otro tiempo, prometieron no repetir.

No se trata de grandes decisiones conscientes.

Son formas de estar, de reaccionar, de vincularse, que se van instalando casi sin notarlo.

Uno se escucha diciendo frases que antes criticaba, actuando con rigidez donde hubiera querido ser distinto, sosteniendo silencios que en su historia le hicieron daño.

La pregunta aparece tarde, y a veces con culpa: ¿Cómo he terminado aquí si yo no quería esto?

No repetimos lo que pensamos, sino lo que aprendimos a sobrevivir

Muchas de las formas que hoy generan malestar fueron, en otro momento, estrategias necesarias. Modos de adaptarse a un entorno, de protegerse, de sostener lo que había.

El problema no es que existan.

El problema es que sigan operando como si el contexto no hubiera cambiado.

Lo que ayudó a un niño o a un joven a mantenerse a salvo puede convertirse, años después, en una forma rígida de estar en el mundo. Pero como no se vive como algo aprendido, sino como “yo soy así”, cuesta verlo como una repetición.

La ilusión de que basta con querer hacerlo distinto

Muchos hombres se proponen no ser como su padre, no reproducir ciertos climas familiares, no relacionarse desde el autoritarismo, la distancia o la ausencia. La intención es genuina.

Sin embargo, cuando la situación emocional se intensifica —conflicto, presión, cansancio— aparecen respuestas automáticas. No son decisiones pensadas, sino reacciones conocidas por el sistema interno.

En esos momentos no actúa la voluntad.

Actúa la historia.

Y eso puede generar una vivencia de fracaso personal que no ayuda a comprender lo que realmente está en juego.

Repeticiones que no se parecen por fuera

A veces la repetición no es literal.

Uno no hace lo mismo que vivió, pero reproduce la lógica de fondo.

Por ejemplo, alguien que sufrió una figura autoritaria puede convertirse en un hombre excesivamente complaciente, incapaz de poner límites. No es la misma forma, pero sí la misma dificultad, no hay un lugar claro para su propia posición.

Otro puede haber crecido en un entorno emocionalmente frío y, sin querer, sostener relaciones donde se mantiene funcional pero poco implicado afectivamente. No porque no le importe, sino porque esa cercanía nunca tuvo un modelo habitable.

Lo que se repite no es la escena exacta.

Es la manera de ubicarse dentro de ella.

La lealtad silenciosa a la propia historia

A veces repetir también tiene que ver con una forma de lealtad difícil de reconocer. Cuestionar ciertos modos de vivir puede sentirse, en un nivel profundo, como traicionar el mundo del que uno viene.

Aunque racionalmente se sepa que algo no hace bien, cambiarlo puede generar una sensación de desarraigo: ¿quién soy si ya no funciono de la manera que aprendí?, ¿dónde encajo?

No es solo modificar una conducta.

Es moverse de lugar internamente.

El desgaste de vivir algo que uno mismo cuestiona

Sostener dinámicas que no encajan con lo que uno valora genera un tipo de malestar particular. No siempre se expresa como conflicto abierto. A veces se manifiesta como irritación constante, cansancio, distancia afectiva o sensación de estar atrapado en una vida que uno mismo ha construido.

Esto puede llevar a culparse: “yo he elegido esto”.

Pero no todas las elecciones se hacen desde la misma libertad. Muchas están condicionadas por lo que resulta familiar, tolerable o menos amenazante, aunque no sea lo que más encaja.

Comprender la repetición no es justificarse

Mirar estas repeticiones no busca excusar lo que duele ni eludir la responsabilidad personal. Busca ampliar la comprensión. Sin entender de dónde vienen ciertas formas de estar, es difícil que puedan flexibilizarse.

La repetición no se rompe solo con fuerza de voluntad.

Empieza a moverse cuando se vuelve pensable.

Cuando alguien puede decir “esto que hago tiene que ver con mi historia” en lugar de “esto es que soy así”, se abre un pequeño espacio entre la persona y el patrón. Ese espacio no cambia todo de inmediato, pero introduce una posibilidad distinta.

Hacer algo diferente también implica tolerar lo desconocido

Salir de una repetición no es solo dejar de hacer algo. Es empezar a habitar formas menos conocidas, donde no hay tanta seguridad interna. Puede generar inseguridad, torpeza, miedo a equivocarse.

Por eso no es un proceso rápido ni lineal.

A veces se avanza, otras se vuelve a lo conocido.

No es un fallo del proceso.

Es parte de moverse fuera de lo habitual.

Cuando aparece la sensación de estar viviendo algo que uno mismo criticó en su historia, o de no lograr sostener la forma de ser que desearía, suele ser un momento fértil para detenerse a pensar.

Solicitar una sesión ofrece un primer espacio para explorar estas repeticiones, comprender qué función han tenido y empezar a distinguir entre lo que pertenece al pasado y lo que hoy podría abrirse a otras formas de estar.

Explora otras publicaciones

Si te interesa profundizar, puedes leer…

Confundir fortaleza con no necesitar a nadie
El vacío silencioso en la vida adulta masculina
¿Por qué muchos hombres llegan tarde a pedir ayuda?