Aprender a vincularse sin perderse a uno mismo

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Estar en relación no debería implicar dejar de estar con uno mismo.

Sin embargo, para muchos hombres, vincularse ha significado, de formas más o menos silenciosas, adaptarse hasta el punto de desdibujarse.

No suele vivirse así al principio. Más bien aparece como responsabilidad, como compromiso, como disposición a sostener. Con el tiempo, puede transformarse en una sensación difícil de explicar: estar presente para los demás mientras algo propio queda en segundo plano.

Cuando vincularse se vuelve sinónimo de ceder

En algunas historias personales, el vínculo se asoció pronto con la necesidad de acomodarse. Mantener la relación implicaba no generar problemas, no expresar demasiado malestar, no incomodar con necesidades propias.

Esto puede traducirse en la vida adulta en una forma de estar donde uno se adelanta a lo que el otro espera, se ajusta, resuelve, sostiene. Desde fuera puede parecer generosidad o madurez. Desde dentro, a veces, se vive como una renuncia constante que no siempre se reconoce como tal.

No se trata de un acto consciente de abandono de uno mismo.

Es una forma aprendida de proteger el vínculo.

La dificultad para notar el propio límite

Cuando se está muy orientado hacia el otro, detectar el momento en que algo deja de ser posible resulta más difícil. Se aguanta un poco más, se pospone una conversación, se minimiza el cansancio.

El límite no desaparece.

Solo deja de ser escuchado.

El cuerpo suele empezar a expresarlo antes que la palabra: irritabilidad, distancia emocional, sensación de saturación, desconexión. No siempre se relaciona esto con la forma de estar en el vínculo. A veces se atribuye al estrés, al trabajo o al carácter propio.

Pero sostener sin registrar el propio límite tiene un coste.

El miedo a que diferenciarse rompa el vínculo

Para algunas personas, marcar una diferencia, decir “esto no” o “esto sí lo necesito”, despierta un temor difícil de nombrar: que el vínculo se resienta, que el otro se aleje, que aparezca conflicto.

Si en la historia previa diferenciarse tuvo consecuencias dolorosas —rechazo, distancia, tensión— es comprensible que se haya aprendido a evitarlo. El problema es que, cuando no hay espacio para la propia posición, la relación se vuelve un lugar donde uno está, pero no del todo.

Se está en el vínculo.

Pero no se está entero.

Presencia externa, ausencia interna

Es posible cumplir con las responsabilidades, estar físicamente, responder a lo que se espera, y al mismo tiempo sentir una forma de ausencia interna. Como si algo estuviera retirado, en pausa.

Esta distancia no siempre se nota al principio. A veces aparece cuando la relación ya está consolidada y el desgaste empieza a hacerse visible. No suele presentarse como una decisión clara, sino como una desconexión progresiva.

No es falta de interés por el otro.

A menudo es una forma de proteger algo propio que no ha encontrado lugar.

Vincularse también implica mostrarse

Estar en relación no es solo sostener, cumplir o adaptarse. También implica dejar ver aspectos propios que no siempre resultan cómodos; dudas, límites, necesidades, malestares.

Cuando esto no encuentra espacio, el vínculo puede volverse funcional, pero menos vivo. Se mantiene la estructura, pero la experiencia compartida pierde profundidad.

Mostrar lo propio no garantiza que todo se resuelva.

Pero ocultarlo de manera constante suele empobrecer la relación y la experiencia personal dentro de ella.

Diferenciarse no es abandonar

A veces se confunde la diferenciación con el distanciamiento o la falta de compromiso. Sin embargo, poder reconocer qué es propio y qué pertenece al otro no debilita necesariamente el vínculo. Puede, por el contrario, hacerlo más real.

Cuando alguien puede decir “esto me pasa”, “esto me cuesta”, “hasta aquí puedo”, no está rompiendo la relación. Está incluyendo en ella a la persona que es, no solo al rol que desempeña.

El trabajo personal como apoyo al vínculo

Aprender a vincularse sin perderse no es un ajuste que se logre solo a partir de acuerdos externos. Tiene que ver con reconocer cómo se ha aprendido a estar con otros, qué temores aparecen cuando uno intenta ocupar más espacio, qué ideas se tienen sobre la responsabilidad, el deber y el lugar propio.

Pensar estas cuestiones en un espacio de acompañamiento no busca cambiar la personalidad ni imponer una forma “correcta” de relacionarse. Busca que la manera de estar con los demás no se construya sistemáticamente a costa de uno mismo.

Cuando en una relación aparece la sensación de estar siempre disponible pero poco presente, de cumplir sin sentirse realmente ahí, o de que expresar lo propio genera una tensión difícil de sostener, suele ser útil detenerse a mirar cómo se está entendiendo el vínculo.

La sesión de acompañamiento ofrece un primer espacio para explorar estas formas de relación, distinguir lo que pertenece a la historia personal y empezar a pensar cómo estar con otros sin quedar fuera de la propia experiencia.

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