El malestar que no tiene nombre (y por eso cuesta hablarlo)


A muchos hombres no les pasa “nada grave”.
No hay una crisis clara, ni un diagnóstico, ni un motivo evidente para pedir ayuda.
Y, sin embargo, algo no está bien.
Es un malestar difuso, difícil de explicar.
No duele lo suficiente como para alarmar, pero pesa lo bastante como para no poder ignorarlo del todo.
Cuando no hay palabras para lo que pasa
Este tipo de malestar suele aparecer así:
Cansancio que no se va descansando.
Sensación de estar desconectado de uno mismo.
Irritabilidad sin motivo claro.
Falta de entusiasmo incluso cuando “todo está en orden”.
Dificultad para saber qué se siente realmente.
El problema no es solo lo que se siente, sino que no hay un lenguaje interno para nombrarlo.
Y cuando algo no tiene nombre, cuesta compartirlo.
“No sé qué me pasa” no es no sentir
Muchos hombres llegan diciendo exactamente eso:
“No sé qué me pasa, pero algo no encaja”.
No es falta de introspección.
Es el resultado de haber aprendido a funcionar sin detenerse a registrar lo emocional.
Cuando durante años se prioriza el rendimiento, la responsabilidad o el aguante, el malestar no desaparece: se vuelve silencioso.
El cuerpo suele hablar antes
Cuando las palabras no aparecen, el cuerpo suele tomar la delantera:
Tensión constante.
Dificultad para dormir.
Sensación de presión o vacío.
Fatiga sin causa médica clara.
No porque el problema sea físico, sino porque lo no dicho necesita algún lugar donde manifestarse.
¿Por qué cuesta tanto pedir ayuda aquí?
Este malestar no encaja bien en la idea clásica de “necesitar ayuda”.
No hay urgencia, ni colapso, ni un “motivo legítimo” evidente.
Muchos hombres esperan a que empeore para sentirse autorizados a consultar.
Otros se dicen que ya se pasará, que es una etapa, que no es para tanto.
A veces lo que retrasa no es la falta de sufrimiento, sino la dificultad para reconocerlo como válido.
Un espacio para poner palabras, sin forzarlas
Un proceso de acompañamiento no empieza con respuestas claras.
Empieza, muchas veces, con poder quedarse en la pregunta.
Poder decir:
“No sé qué me pasa”
“No sé qué siento”
“Solo sé que así no quiero seguir”
Y que eso sea suficiente como punto de partida.
No todo malestar necesita un nombre previo para ser atendido.
A veces, el nombre aparece después, cuando hay un espacio donde mirar con calma.
Si sientes que algo se mueve por dentro pero no sabes cómo explicarlo, puedes solicitar una sesión y ver si este espacio puede tener sentido para ti.
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