Pensar mucho, sentir poco: una defensa frecuente

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Algunos hombres no evitan el malestar distrayéndose.

Lo hacen pensando.

Analizan, entienden, explican.

Le dan vueltas a todo.

Pensar se convierte en una forma eficaz de no sentir.

Cuando la cabeza toma el control

Esta forma de estar suele verse así:

  • Reflexión constante.

  • Explicaciones muy elaboradas.

  • Comprensión intelectual de lo que ocurre.

  • Dificultad para registrar lo emocional.

No es falta de profundidad.

Es una defensa aprendida.

Pensar como forma de control

Pensar permite tomar distancia.

Ordenar. Anticipar. Prevenir.

Pero cuando se usa para evitar el contacto emocional, la experiencia se queda incompleta.

Se entiende lo que pasa, pero no se atraviesa.

El coste de sentir poco

Con el tiempo, esta defensa puede generar:

  • Desconexión emocional.

  • Sensación de vacío.

  • Dificultad para vincularse.

  • Fatiga mental constante.

La mente no descansa cuando tiene que hacerlo todo sola.

Integrar pensamiento y emoción

El trabajo terapéutico no busca apagar la capacidad de pensar.

Busca ampliarla, integrando lo emocional.

Cuando pensamiento y emoción pueden dialogar:

  • La experiencia se vuelve más coherente.

  • El cuerpo se relaja.

  • Las decisiones se sienten más propias.

Volver al registro emocional

Sentir no significa perder control.

Significa recuperar información valiosa.

Muchas veces, el cuerpo y la emoción saben antes que la cabeza.

Si notas que entiendes todo lo que te pasa, pero aun así algo no cambia, quizá no falte comprensión, sino contacto.

Solicitar una sesión puede ayudarte a explorar cómo salir del exceso de pensamiento y recuperar un vínculo más vivo con lo que sientes.

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